La sobreprotección es un fenómeno relativamente nuevo. Su aparición coincide con el aumento de los recursos económicos y con la disminución de la natalidad; también influye el hecho de que, por razones laborales, divorcios..., se les pueda dedicar poco tiempo a los hijos.
Todas estas situaciones invitan a que padres, madres, abuelos... consientan en exceso a los niños, les sobreprotejan y no establezcan los límites oportunos.
La imagen que define la sobreprotección es la de alguien que tiene una planta, a la que aprecia mucho; le echa más agua de la necesaria y acaba estropeándola.
Una de las razones de la sobreprotección está relacionada con querer que los hijos no sufran. Lógicamente es un objetivo a alcanzar por todos los padres, sin embargo, este punto requiere una revisión.
No solemos soportar que los niños y las niñas se enfaden, lloren o pataleen, dado porque pensamos que lo están pasando mal. Estas conductas precisamos tomarlas como formas de descarga emocional. Ellos sienten rabia cuando les negamos algo a lo que consideran que tienen derecho y lo más adecuado es permitir que la saquen. Cuando los niños descubren que no soportamos sus rabietas y llantos, los utilizan para conseguir lo que quieren y saltarse los límites establecidos.
Otra de las conductas que hacemos para que los hijos “estén bien” es intentar taparles algunas emociones: miedo, tristeza, etc. Aunque puntualmente consigamos que el niño se olvide de lo que siente, no por ello desaparece su sufrimiento.
La otra razón fundamental de la sobreprotección tiene que ver con “querer que los hijos nos quieran”. Para conseguirlo, a veces, actuamos de forma errada: Les compramos demasiadas cosas que no necesitan; tenemos dificultades para decirles: “No”; nos tomamos personalmente expresiones que vienen desde el enfado del hijo: “Eres una mala madre”, “Ya no te quiero...”; también a algunos padres y madres, que están poco tiempo con los hijos, les puede asaltar el sentimiento de culpa y que haya un excesivo consentimiento, bajo el argumento: “En el poco rato que estoy con él, no quiero problemas”.
Los padres y las madres tenemos la responsabilidad de proteger y orientar a los hijos; les damos nuestro amor, pero no podemos “comprar” el suyo. Si alguien vive la necesidad de que sus hijos le quieran, corre el riesgo de que estos le manipulen y de no hacer una buena gestión educativa.