A los padres y a las madres nos gusta tener con los hijos una comunicación fluida. Cuando esto no se da así, pensamos que algo les sucede y que, además, no tienen confianza para decírnoslo, con lo cual nuestro sufrimiento aumenta.
Considero que en determinados momentos los hijos pueden optar por no comunicarse con los padres y que dicha postura merece ser respetada. Sin embargo, cuando la comunicación se deteriora y las relaciones se convierten en superficiales o hay peleas, conviene analizar qué ha llevado a esa situación.
Los padres, con el afán de ayudar a los hijos y sin darnos cuenta, criticamos o censuramos aspectos de lo que ellos nos transmiten. Enseguida nos convertimos en jueces y les decimos lo que está bien o mal.
También suele contribuir a dificultar o romper la comunicación cuando ésta la convertimos en un interrogatorio: ¿Dónde has estado?, ¿Con quién?, ¿Qué has hecho?. Esto molesta especialmente a los adolescentes que ven en los padres a unos fiscalizadores, más que a unos cuidadores.
No podemos olvidar que comunicar quiere decir poner en común, lo cual supone que los padres también pueden comentar con sus hijos asuntos de su vida actual y de cuando ellos tenían una edad parecida. A los hijos les gusta escuchar de sus padres cuestiones de su infancia y adolescencia: pequeñas trastadas, los miedos, la primera vez que se enamoraron...Esto ayuda a tener ciertas complicidades y sirve para que los hijos comprueben que lo que piensan, sienten o hacen entra dentro de lo “normal”. Si los padres recuerdan su adolescencia entenderán mucho mejor a los hijos y aumentará la tolerancia y la comprensión, sobre todo en aquellos que ahora se muestran muy exigentes con los hijos, pero en privado dicen: “Yo a su edad era muchísimo peor que él”.
Cuando los hijos nos dicen algo, resulta fundamental escucharles con respeto y con atención. Necesitamos esperar a que acaben su relato y si queremos dar la opinión, pedirles si podemos hacerlo. Si algo nos parece desproporcionado elegiremos el momento adecuado para decírselo.
En los momentos en que los hijos o los padres estén alterados, lo óptimo es permanecer callados, pues si se habla, las cosas se pondrán peor.
Solemos decir lo que pensamos, pero pocas veces lo que sentimos. Para que haya una buena comunicación precisamos hablar desde el sentimiento y menos desde la razón, prestando atención, tanto al lenguaje verbal como al no verbal.