Antes en los procesos educativos se insistía más en lo negativo que en lo positivo. Así, cuando un niño o una niña hacía algo bien -como se consideraba su obligación-, no recibía ningún tipo de reconocimiento. Sin embargo, sí que se incidía en los errores, con lo que su autoestima tendía a mermarse.
Para mejorar el autoconcepto necesitamos partir de que cualquier persona, por el hecho de serlo, tiene la consideración de valiosa. Conviene no confundir a la persona con su conducta.
Precisamos creernos y valorar nuestras cualidades: físicas, de personalidad... Socialmente no está bien visto que alguien se quiera y hable bien de sí mismo, y cuando se hace decimos: “No tienes abuela, ¿verdad?”. Reconocer las propias valías o los logros, no tiene que ver con hacer ostentación, que podría indicar un bajo nivel de autoestima.
También resulta útil aceptar y agradecer la valoraciones positivas que nos digan. Con frecuencia no lo hacemos y tendemos a quitarles valor. Por ejemplo: “Tú que me miras con buenos ojos.”
Cuando alguien ha incorporado una mentalidad negativa, le salen de forma automática las críticas o lo menos favorecedor. Por tanto, necesitamos entrenarnos en decir lo positivo a los demás. Como lo positivo y lo negativo tienen un alto grado de subjetividad, conviene hablar desde uno, relativizando y no usando el verbo “ser”. Expresiones como: “Yo te veo inteligente” o “Te percibo ingeniosa”, permiten que otra persona pueda verlo de forma distinta, así, se evita la confrontación.
Para ganar autoestima incorporaremos también, el pedir reconocimiento o valoraciones positivas. Pedir lo que uno necesita se convierte en un gesto generoso con uno mismo. Muchas veces “jugamos” a que el otro adivine lo que necesitamos o a pensar que no merecemos ningún elogio, y estas maneras de actuar tienden a llevar a la frustración o a la infravaloración.
Por último, va bien aprender a rechazar lo negativo que nos digan. Cuando se recibe un insulto u otras formas de degradación, se suele responder: “y tú más”. Esto supone que hay aceptación de todo o de parte de lo dicho, aunque después le contestemos: “Y tú mil veces más.” Resulta mejor decir frases como: “Yo no me veo así” o “te pido que no me grites.”
Resulta muy difícil ayudar a los hijos a tener una autoestima ajustada si los padres y madres no la hemos trabajado previamente.