Muchos padres y madres creen que sus hijos e hijas modificarán sus conductas, incidiendo en lo que no hacen bien. Esta creencia se incorporó de los propios padres y ahora fluye en nosotros de manera automática.
Si observamos lo que les decimos a los hijos veremos que abundan las críticas: “Eres un desordenado”, “Si hubieras puesto atención”, ¡“Ya te has manchado”! Aunque en determinados casos, los niños cambien alguna conducta, con la crítica, se tiende a afianzar más aquello que pretendemos corregir.
La crítica suele estar recogida como un valor en algunos modelos educativos. Sin embargo, aunque se haga con una actitud constructiva, criticar, significa: juzgar, opinar, censurar y vituperar las acciones o conductas de alguno. Por tanto, resulta muy difícil que los hijos e hijas incorporen valores como el respeto, la responsabilidad o una autoestima ajustada, desde la crítica.
El recordar cómo nos sentíamos cuando éramos pequeños con las críticas de nuestros padres, nos ayudará a entenderlo mejor.
Ante una crítica se activa en los hijos, la rabia, la hostilidad e incluso la venganza; otras veces, viven impotencia, pues, tras un esfuerzo por cambiar, pueden llegar a convencerse de que no les es posible hacer lo que su padre o madre les demanda.
Además, los hijos necesitan sentirse queridos por sus padres y saber que son sus aliados. Cuando reciben críticas continuadas, se deterioran las relaciones, y los niños sufren una importante merma en su autoestima.
Apunto algunas alternativas a las críticas. En primer lugar, se precisa caer en cuenta de las muchas críticas que dirigimos cada día a los hijos. A partir de ahí, conviene empezar a valorarles de manera positiva, por medio de felicitaciones, elogios... lo que hacen adecuadamente, sin incidir que lo que no hacen bien.
Da resultado permitir a los hijos que intenten o resuelvan diferentes cuestiones, dado que necesitan saber que confiamos en ellos. A veces, están dispuestos a asumir pequeños retos. Para ello, es útil mostrarles la dificultad y animarles: “Reconozco que es difícil, pero, ¿quieres intentarlo?”.
También va bien aplicar lo que se conoce como “consecuencias lógicas”. Muchas peleas sobre la ropa, la comida o los estudios, se pueden solucionar, dejando que los chicos comprueben la viabilidad o no de algunos temas y asuman las consecuencias que conlleven.
