Se puede observar, y así lo avalan algunos estudios, que se ha adelantado la adolescencia. Por eso, a partir de los once años, empiezan a ser habituales conductas propias de los adolescentes, primero en las niñas y poco después en los niños. Entre ellas destaca un afán consumista, centrado sobre todo en el vestir.
Al tener comportamientos diferentes, y a veces inadecuados, los padres suelen estar un poco desconcertados. Probablemente recriminen a sus hijos o les castiguen y, como resultado de ello, los chicos se perciban incomprendidos. Este sentimiento de incomprensión, junto a la necesidad de independencia, suele servir para distanciarse de los padres y volcarse más en los amigos y amigas.
En esta etapa de desarrollo de la vida de los chicos, en la que empiezan a dejar de ser niños pero aún no son “adultos”, los padres precisan estar especialmente hábiles. Lo mejor es que aprendan a no tomarse algunos comportamientos de sus hijos como algo personal contra ellos, sino como parte de su proceso evolutivo.
Quizá se cansen de las “peleas” con sus hijos, sin embargo, necesitan tener paciencia, pues no es un momento para abandonar ni para dejar de educar como lo venían haciendo. Las normas y los límites son necesarias, si bien, precisarán hacer algunas modificaciones para acomodarse a la nueva situación. El diálogo, la comunicación, el respeto y los pactos estarán continuamente presentes, ya que resulta fundamental que los chicos sientan a sus progenitores como aliados y no como “enemigos”.
El padre y la madre continúan siendo unos referentes importantes para los chicos, pues siguen necesitando su amor incondicional, junto a su apoyo y orientación. Por tanto, los padres procurarán hacer con ellos lo que sirva para ayudarles: mostrarles el cariño, dejar la queja, considerarles responsables y capaces, respetarles en su evolución, felicitarles los avances, escucharles con el corazón y sin emitir juicios, vivirlos valiosos como personas aunque tengan conductas a modificar…
Irá bien que los padres compartan con sus hijos tiempos para hacer alguna actividad de interés común: jugar al ajedrez, ver un programa de televisión o comentar sus experiencias de cuando tenían una edad parecida. Y, si hay más de un hijo o hija, convendrá que les dediquen ratos específicos a cada uno de ellos.
