En todos los CARNAVALES que conozco, se da jovialidad a la limpieza general de ponernos trapos que ya no se llevan y de aprovechar para vivir unos días en unos hábitos que no son los propios con unas caretas que no nos corresponden.
Son unos días que aprovechamos para sanear nuestra alma y ventilar nuestro espíritu. Necesitamos emigrar a otras formas de personalidad y conducta, para que cuando retomemos la nuestra, nos alegremos de recuperarla.
Pues más o menos sucedió esto la tarde del lunes en nuestro colegio. El color y alegría de las vestimentas sólo podía ser superadas por las sonrisas de los chavales. En ese momento los niños representaban aquello que sólo podían alcanzar en su imaginación y en sus sueños.
La fiesta del disfraz fue celebrada por todo lo alto. Comenzamos con una serie de juegos en los cuales se entremezclaban niños y niñas, desde los más mayores hasta los más pequeños, teniendo todos ellos como fin común la cooperación.
Además vosotros estabais allí. Mamas y papas participando en una actividad creada para fomentar la convivencia entre todos nosotros. Pudimos conocernos un poquito mejor y disfrutar de forma conjunta del júbilo del carnaval.
La tarde terminó con un chocolate bien calentito con torta, con los morros bien embadurnados de este líquido elemento y con la satisfacción de seguir con una tradición que espero nunca perdamos.
