A veces se escucha a los padres y a las madres que dicen, refiriéndose a sus hijos e hijas: “Lo tienen todo y no valoran nada”.
El modelo de vida tan materialista que nos hemos dado, dificulta que se tomen en cuenta y se atiendan algunas de las necesidades importantes que tienen los niños (y los mayores también), entre ellas, las psicológicas y de autorrealización, tal y como plantea el psicólogo Abraham Maslow, ya que dichas necesidades se intentan “resolver” mediante la compra continua de diferentes productos (consumismo).
Los niños, bastante indefensos ante las estrategias publicitarias, piden cada vez más cosas materiales. Sin embargo, sabemos que no hay suficientes juguetes, ni películas que puedan llegar a llenarles plenamente, porque lo que necesitan, en el fondo, es que se cuide su mundo emocional.
Los padres y las madres, víctimas también de este modelo, necesitan trabajar para pagar las hipotecas y los gastos diarios que conlleva la vida, lo cual supone, en bastantes casos, que dispongan de poco tiempo para estar con los hijos. En consecuencia, se ven abocados a delegar, de forma continuada, en otros para que los cuiden. También, con frecuencia, los padres tienden a compensar y a “pagar” los tiempos de no presencia con los hijos, comprándoles más cosas de las que éstos necesitan.
Los niños pueden sentirse felices observando, simplemente, lo que ocurre en la naturaleza, pero sintiendo a la vez la mirada cómplice y protectora de sus padres. No necesitan consumir horas y horas de televisión o de videojuegos, si los padres juegan con ellos y les posibilitan que inventen sus propias historias. Los niños no precisan de la presencia continua de los padres, pero sí, que cuando estén con ellos, lo hagan de forma que se sientan queridos y protegidos (no sobreprotegidos) y, además, reciban las orientaciones oportunas para que aprendan a conducirse por la vida.
Los niños se alimentan, sobretodo, de palabras con corazón, de canciones, de cuentos, de referencias claras y de tiempos de calidad con los padres y con los cercanos.
El tiempo transcurre rápido y, por tanto, se requiere aprovecharlo y disfrutar cada momento. De lo contrario, puede ocurrir que cuando los padres se quieran dar cuenta, resulte demasiado tarde para jugar con los hijos, demasiado tarde para contarles cuentos, demasiado tarde para cogerlos en brazos, porque ya les habrán crecido las alas y no les cabrán en su regazo.
