Cuando un niño está preocupado, se enfada, tiene miedo..., los padres y las madres, para que no sufra, tendemos a restar importancia a sus emociones, intentamos taparlas o actuamos como si no ocurriese nada. Les decimos frases como estas: “No seas miedica” o “Eso no tiene importancia”.
A veces, cuando están alterados queremos razonar con ellos, les aconsejamos o procuramos ver los aspectos positivos. Sin embargo, habremos podido comprobar que no es suficiente con querer a los hijos y poner buena voluntad para que se sientan mejor. Solemos tratar los dolores emocionales como si fuera algo físico: si el niño tiene hambre le preparamos un bocadillo o si le duele la cabeza le damos una aspirina. Buscamos remedios rápidos y eficaces, pero lo físico tiene reglas distintas a lo psicológico, y lo emocional no se resuelve quitándole importancia o ignorándolo. Se requiere que el niño o la niña se sientan comprendidos en su sentir, por lo que necesitamos reconocer y aceptar sus sentimientos.
Si el hijo se ha enfadado con su mejor amigo y nos dice: “No quiero jugar más con Óscar”, puede que lo primero que nos venga a la cabeza sea algo así: “¿Cómo no vas a jugar con él si es tu amigo?”. Con esta respuesta no tomamos en consideración su enfado y le recriminamos, por lo que el niño no se sentirá entendido y probablemente se alterará más y nosotros también. Decir algo como: “Ha debido ocurrir algo importante para que te sientas así”, abre la puerta a que se sienta comprendido en su emoción, nos cuente lo que ha pasado e incluso aporte soluciones.
Si nos habla mal de un profesor o de otros niños, no conviene ponerse de parte de ellos, porque puede sentir que nos importan más los otros que el propio hijo; esto no implica que le demos la razón, pero sí precisa saber que percibimos lo que él siente. Expresiones como esta pueden servir: “Te debió resultar muy duro oir lo que te dijo”.
Escuchar a los hijos sin emitir críticas ni juicios, permitir que expresen de manera adecuada lo que sienten, tener empatía y buen humor, facilitan la conexión emocional y la comunicación entre padres e hijos.
Tener en cuenta las emociones ayuda a paliar algunas situaciones, pero no sirve para disolver los sufrimientos de los hijos. Precisamos contar con otros recursos como las Flores de Bach, de las que escribiré en otro momento.
