
Cuando nace un hijo los padres y las madres asumimos que vamos a ser sus maestros: le ayudamos a andar, a hablar, le contamos cuentos, le enseñamos a ir en bici... Sin embargo, no contemplamos que los hijos pueden convertirse en maestros de los padres.
En primer lugar podemos aprender con ellos que todo en la vida está en magia y misterio. ¿O no resulta mágico que de la unión de dos células se forme una preciosa criatura que irá creciendo hasta alcanzar y sobrepasar la altura de sus padres? ¿O sentir el amor profundo y la ternura que se despiertan con el nacimiento de un hijo?
Igualmente los hijos nos enseñan a tomar la vida como una aventura y a saber atender lo que se presenta en cada momento sin conflictuarse. A todos los padres y madres nos habrá pasado alguna vez que tenemos previsto hacer algo, por ejemplo, un viaje o ir al trabajo, y el niño se despierta con fiebre y necesitamos cambiar de planes.
También los hijos nos ayudan a que salgan de nosotros emociones que nos llevan a decir y a hacer cosas a los hijos que nunca imaginamos. ¿O no hemos perdido la paciencia y nos hemos enfadado alguna vez cuando los hermanos se peleaban o no hacían las tareas, y les hemos gritado y dicho palabras que nunca nos figuramos?
(Aunque no nos guste, el hecho de que se presenten determinados sufrimientos con los hijos va bien, pues así podemos atenderlos y mejorarnos. De esta manera nos sentiremos bien y podremos autocontrolarnos en situaciones difíciles).
Además con ellos caemos en cuenta sobre la necesidad de cuidarnos. Los hijos precisan cuidados y atenciones y los padres tenemos la responsabilidad de hacerlo. Sin embargo, esto no implica que nos olvidemos de cuidarnos a nosotros mismos ya que, si no lo hacemos, notaremos carencias y acabaremos pasándoles facturas: “Con lo que yo he hecho por vosotros y ahora...”
Asimismo podemos observar que los hijos, aunque vienen a través de nosotros, tienen su propia identidad y necesitan seguir su propio camino. Como decía Jalil Gibrán: Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, porque ellos tienen los propios... Esto implica aprender a respetar y a aceptar ideas y conductas diferentes a las nuestras.
Por último, podemos aprender con ellos a vivir y a disfrutar el presente. Cuando los niños tienen pocos años de vida ponen todos los sentidos en lo que están haciendo en cada momento, ya que están conectados a la vida y saben vivirla con plenitud.
