Resulta paradógico que sea en la familia, cuna del amor por excelencia, donde se producen más situaciones de falta de respeto, enfados, gritos o peleas entre la pareja, con los hijos o entre los hermanos.
Por eso, no es sorprendente que en una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas que se publicó hace un tiempo, la mitad de las madres y padres españoles se mostraba a favor de dar una bofetada para corregir determinadas conductas de los hijos. Claro, que si uno se quiere consolar, en Estados Unidos el porcentaje subía hasta el ochenta por ciento.
Probablemente los padres que consideran útil “dar una bofetada a tiempo”, fueron víctimas de dichas bofetadas cuando eran pequeños. Esto lo incorporaron en su programa y ahora les sale de manera automática en situaciones en las que los hijos no obedecen.
Si observamos cuando un padre o una madre da un cachete o una bofetada, suele ser en momentos en los que ha perdido la paciencia, y la forma que tienen de descargar su enfado es dándole un golpe o zarandeando al hijo. Luego se justifica diciendo que el hijo en cuestión hizo tal o cual cosa y que así aprenderá. Lo cierto es que cuando eso ocurre, los progenitores no se plantean que pueda ser de utilidad para su hijo, simplemente sacan su rabia. De hecho, suele ocurrir que después de pegar a un hijo la mayor parte de los padres se sienten culpables, porque saben que no es la mejor forma de que los niños aprendan respeto, paciencia o tolerancia. Sacar la rabia está bien, pero no contra las personas ni objetos de valor.
Existe un sector de padres y madres que levantan la voz o la mano para establecer un límite. Esto se observa cuando dicen: “Hasta que no me enfado, no hace caso”. En esta situación los hijos han aprendido que hay un proceso hasta el límite “de verdad”. Desde que la madre dice: “Por favor, deja de ver la televisión”, hasta que la madre la apaga y, de manera violenta, lleva al hijo a su habitación, hay un gasto de tiempo y de energía innecesarios, además de una falta de consideración mutua.
Los chicos necesitan unos límites claros y la responsabilidad de ponerlos en casa es de los padres. Cuando el límite no está bien definido, ellos prueban hasta que encuentran uno sólido. Para establecer los límites hace falta serenidad, respeto y firmeza. La firmeza requiere mantener el criterio sin alterarse, sin violencia verbal ni física.
